viernes, octubre 2

Hoy que desperté ya no creí en amaneceres.

Vi por la ventana y a la luz que entró me la comí enterita, sin masticarla,
y sin sentir nada en la garganta tragué,
como niño que acepta la cosa extraña y gelatinosa que le regala su madre.

Tragué y no hubo más luz,
solo el techo inexacto de la casa,
apagado, inmóvil y borroso.

Burlón,
asentí con la cabeza mientras quise despertarme,
pero seguí dormido,
ansioso por seguir rasguñándole la espalda a la cordura.

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