Y DE PRONTO ELLA ME MIRÓ Y ENTONCES... TODO
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sábado, marzo 2
martes, agosto 30
el babau y el mimi
Traigo un huracán domesticado en la mochila,
semillas suficientes para un huerto de canicas,
traigo un pez globo, inflado y con cuerdita,
una caja de crayones, una luciérnaga encendida.
Traigo amaneceres en las manos,
todos tibios, dulces y coloreados,
un alma en caramelo,
y un corazón portarretratos.
Tengo en el cajón desde hace tiempo
la capa de Superman - por si un día se necesita -,
un atado de piratas que te cuidarían si falto
y un tigger para que cante lo que yo no sé decirte.
Tengo mil historias nuevas, tengo chismes de princesas,
tengo un cuarto con tu nombre, una ventana de ojos claros,
tengo un ciento de palabras para decir que te amo.
También tengo un hueco en mi libreta
que estoy seguro rellenarán tus años.
Tengo de otra vida las historias que se borran
y repletos los bolsillos de recuerdos que contarte.
Tengo el alma hecha nudo mientras lloras
y una paz total y plena si desde tu cuna me vigilas.
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viernes, abril 22
Magdalena
Te vi, y yo pensé que eso me bastaría, que tu imagen sería suficiente para tomar fuerza y alejarme para que, cuando el tiempo pidiera cuentas, el saldo fuera apenas un recuerdo de la tormenta que por cabellos llevas, el collar de besos que imaginé para tu cuello. Pero no, no fue suficiente. Necesito colgarte cien suspiros al oído y recorrer tu geografía con mis labios. Y necesito que mis manos se dibujen en tu cintura y tus caderas, que mi sed encuentre alivio entre tus piernas, que renazcan mis dedos sobre tus senos, que tu boca me diga lo que no me dirán tus palabras, que mi piel más sombra sea en la luz de la tuya.
Ya nada basta. No basta con que sueñe que te tomo por la cintura, que te acerco a mí y que a tu cuello llega mi aliento, que dudan mis manos entre uno y otro pecho, que me restriego a tus caderas y que tu humedad me guía. No basta con pensar que tu tormenta me estalla en la cara, ni que me piense y te piense conmigo dentro, con el deseo montado en piernas y caderas, corriendo a ninguna parte, atento al gesto que en gemidos dibujas. No basta imaginar que me tienes, que me enseñas a encontrarte, que me haces hacerte, que te dibujas entre mis brazos, que tiemblas y me tiemblas. No basta que reconstruya en la mente lo que tal vez no pasará nunca: el quitarte la ropa y los miedos, el desnudarte las ganas, el abrirte por el vértice sombreado, todo deseo, todo misterio, el entrarte hasta el sitio que anule por fin toda razón y que sólo la carne mande. No basta que trate de distraerme detrás de las palabras que arrojas, fallidas puertas de salida, ventanas que no invitan a asomarse siquiera, paredes cerradas.
He tratado de tomar distancia, de hacer complicadas cuentas de días, kilómetros, horas, calles frías, laberintos, olvidos. Consulté mapas que confirman que el tuyo es otro mundo. Ha sido inútil. Esta mañana, por ejemplo, me he hecho el firme propósito de tomar distancia, anteponer un montón de razones para irme ya alejando y decir adiós sin palabras, que siempre es el adiós más difícil, el más artero. Pero apenas te he visto y he olvidado hasta la hora. Bastó que desde lo lejos intuyera una tormenta, para que botara propósitos y razones, para que el corazón y las ganas se desbocaran, y para que un cuello suspirado me robara todo el aliento.
Magdalena, yo sólo quería decirte que me gustas y que quería acercarme a ti. Pero acercarme como un hombre se acerca a una mujer que le gusta. Algo así como tomarte de la cintura y acercar tus pechos al mío, acercarme a tu cuello, decirte algo tierno y dulce al oído, mordisquear las manzanas de tus mejillas y llegar a tus labios con un beso, imaginarte un jadeo si mis manos te rehicieran los senos, intuirte un sueño si mi abrazo te tomara prisionera la cintura, soñarte soñando conmigo dentro y dentro mío. ¿Hago mal en desearte, en que mi piel quiera tocarse en la tuya, en buscarte para encontrarte como se encuentran un hombre y una mujer que se gustan, es decir, desnudos y sedientos? ¿Hago mal en decirlo o en hablarlo con silencios?
Yo lo que quiero es encontrarte para invitarte a perderte conmigo, Magdalena, que la piel le hable a la piel el deseo que callan las palabras y que el silencio habla... Espero entonces, tu silencio y tu palabra.
Ok. Salud y que en la tormenta de la noche los cuerpos sean la barca.
viernes, febrero 3
quiza
Escucha o dispara de una vez...
tienes mi vida en tus amnos...
que hago yo después?
tienes mi vida en tus amnos...
que hago yo después?
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Confiezo
Porque usted no sabe. No podría saberlo aún, tendría que terminar esta lectura y vamos, puede que eso no suceda. Puede que le canse, hay demasiada paja para un mensaje tan sencillo. Puede que le dé miedo, que un rayo le suba desde las plantas de los pies y la envare, la deje quieta y los ojos se le hagan agua (como aquella otra vez ¿recuerda? Los ojos se le hicieron agua y llovió por días sobre nosotros, bajo nosotros, dentro y fuera de nosotros; una tristeza pluvial aquella, un fenómeno natural e inhumano). Puede también pasar que acabe y no se entere, que lea por encima de las letras, diciéndose bajito “esto es una e y no sabemos si en realidad lo sea o sea una a con malas intenciones, camuflada” y como lo dirá bajito habrá quién voltee a verla y eso le distraería para enseguida sonrojarse y rápido dejar de leer y alejarse del lugar…perdiéndose el mensaje. ¡Tan importante el mensaje! Tan breve, tan higos frescos, tan café cortito y azúcar de verdad. Aunque lo lindo no es el mensaje en sí, sino lo natural que resulta enviarlo por escrito, y al mismo tiempo saber que no lo leerá, que más bien va a sentirlo y súbitamente, mientras aspira, el perfume será el mensaje, luego será el sabor, el momento. Un pescado al vapor que recomienda, dos líneas de un texto que no memorizó por completo.
¿Pero qué haremos si en realidad acaba esta lectura y no lo encuentra? ¿Cómo compensaremos esos diez minutos que le tomó imaginar que al final encontraría algo importante? ¿Qué contestaré si un día le da por pararse frente a mí y recriminarme por esos diez minutos? ¿De dónde podría yo sacarlos, de dónde reponerlos? ¿De dónde sacaría yo “lo importante” si no lo supo ya mientras leía?
Porque usted no sabe, aún no sabe, pero algo comienza a intuir en la barriga, en los brazos erizados, en ese levantarse temprano y pensar que tal vez, que podría ser, y tal vez está siendo. Pero no sabe, aún no sabe.
martes, octubre 4
extracto
qe va a ser de mi, volvere a mentir de nuevo. llenare mi cama de fantasmas, de muertos, contare los dias, las calles que nos separan. las tardes de domingo esperare tu llamada.maldecire a las parejas que, abrazadas, sueñan con habitaciones de hotel desocupadas. y odiare con calma tu risa, todas mis palabras, nuestra despedida. qe va a ser de mi, les dire barbaridades a las mujeres hermosas que pasen por mi calle. sin que me invites, me colare en tus fiestas. cuando venga tu recuerdo, reire con violencia. ire a buscarte a los sitios acordados aunque tu no vengas, aunque me hayas olvidado. te escribire los versos que nunca te hice, sere puntual como siempre quisiste.
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jueves, junio 9
miércoles, octubre 21
Principesa I
Había una vez un yo que suspiraba con tardes de lluvia y le gustaba ver principios de películas, solo el principio si, la única vez que aquel yo intentó un romántico final de película en la vida real, se halló corriendo solo bajo la lluvia de sus lágrimas, confundido con la noche y con una puerta (y un corazón) que se le habían cerrado para siempre; era, sin embargo, el final de la primera parte, el de la segunda fue peor. Había una vez un yo que le platicaba al gato sus tristezas, que renegaba de lo largo de un blues y que bailaba un vals con las losetas del baño cada que se dejaban acariciar por sus pies, y que muy de mañana, le soplaba a las nubes en la ventana para dibujarse la mañana ideal, aunque, casi siempre, el vidrio evitaba el contacto con seres de algodón. Había una vez un yo que un día se asomó a unas escaleras por donde una princesa caminaba con una sombrillita de colores, iba y venía y se sentaba a esperar, siempre a esperar y el mundo que era blanco y negro le robaba los colores, y a la princesa, le llovía debajo del paraguas, y al yo, los pies lo llevaban a asomarse por las escaleras y esperar, a ver, sin saber, que por ahí, pasaban aquellas alitas rotas que regaban luz por todas partes, hasta que un día, con una sonrisa, el yo se hizo ayer, y aparecí yo, vestido de hoy, aprendiendo que la vida si es a veces de color de rosa, sobre todo, cuando un pueblo quieto-quieto deja escapar a una princesa triste-triste, que se asoma a la ventana que ella dibujó, y con sus alas (aún rotas), abraza lo feo, lo tira lejos, y en su lugar, exige galletitas con leche, para volver, cualquier noche de estas, a estirar las manos y ponerse la sombrillita de lado, y curioso, que acá, desde entonces, haya dejado de arreciar el temporal.
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