Tengo bajo la almohada, bien guardado, a un lápiz que quiso convertirse en beso. Se deprimió tanto cuando el tercer intento fallido, que comenzó a rayar paredes anunciando su inminente muerte, y yo escondí apresurado mil sacapuntas que se apuntaron gustosos al lapicidio; desde entonces lo guardo y lo miro rascarse triste la goma, sin explicarse por qué no puede borrarse el desamor.
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martes, febrero 18
lunes, febrero 10
No lo creería
Hoy se murieron un par de textos, quisiera decir que en el cajón (sonaría más triste), pero no, ni siquiera llegaron a desparramarse de algún lápiz, de alguna pluma o del destello del toc-toc de estas teclas de computadora, simplemente murieron casi al momento de aparecerse en un brillo verdoso dentro de mi cabeza. No eran textos malos pero si inoportunos; uno era demasiado feliz y el otro casi del color de esta melancolía, así que preferí arrancarles las alas y verlos caer al vacío del olvido. A esta hora ya casi no recuerdo su cara, tenuemente pienso que aún van cayendo a la nada que soy y que se aferran a las paredes de las ideas para no desaparecer en la noche, pero ya es tarde, tengo un ojo en llamas y el otro ahogado en lágrimas sabor a mar. Quise despedirlos con la vieja tonada que me gusta silbar cuando no me doy cuenta que lo hago, el fiu-fiu-fiuuuuu retumbó en el cuarto y las paredes ni se inmutaron, dos textos se han ido y presagian el desmoronarse de mi piel empezando por allá adentro, me ahogo en mi fuego y no soy capaz de querer salvar lo poco que queda de la ilusión que fui, cambio de hoja, está lloviendo debajo de este foco y cascabeles suenan anunciando el final. Negro. Olvido. Yo.
