En un pueblo donde nunca amanecía antes de las 9, vivía Gastón, un gato naranja gordo que nadie entendía. Cada noche, Gastón se escapaba al cerro más alto y se sentaba a mirar el cielo.
Un día, la niña Luna lo siguió.
—¿Qué haces aquí cada noche? —le preguntó.
Gastón la miró y maulló. Pero esa noche Luna entendió su idioma.
—Guardo los colores —dijo Gastón—. Si no vengo, el sol se olvida de cómo pintar el cielo.
Luna se rió.
—Los gatos no hacen eso.
—Claro que sí —respondió Gastón—. Los humanos creen que el sol sale solo. Pero alguien tiene que recordarles a las nubes cómo se ve el amarillo.
Luna empezó a ir con él todas las noches. Llevaba su manta y Gastón llevaba su panza calentita.
Una mañana Luna se enfermó y no pudo subir.
Esa mañana, el amanecer en el pueblo fue gris. Sin naranja, sin rosa. Solo blanco y feo.
Luna desde su ventana susurró:
—Vamos Gastón...
Y a lo lejos, en el cerro, Gastón estiró sus patitas, bostezó gigante y el sol como que se acordó de repente. Ese día el amanecer fue el más morado y naranja que nadie recordaba. Desde entonces, cada vez que ves un amanecer bonito en Tacna, es que un gato en algún cerro se acordó de hacerlo por ti.
Un día, la niña Luna lo siguió.
—¿Qué haces aquí cada noche? —le preguntó.
Gastón la miró y maulló. Pero esa noche Luna entendió su idioma.
—Guardo los colores —dijo Gastón—. Si no vengo, el sol se olvida de cómo pintar el cielo.
Luna se rió.
—Los gatos no hacen eso.
—Claro que sí —respondió Gastón—. Los humanos creen que el sol sale solo. Pero alguien tiene que recordarles a las nubes cómo se ve el amarillo.
Luna empezó a ir con él todas las noches. Llevaba su manta y Gastón llevaba su panza calentita.
Una mañana Luna se enfermó y no pudo subir.
Esa mañana, el amanecer en el pueblo fue gris. Sin naranja, sin rosa. Solo blanco y feo.
Luna desde su ventana susurró:
—Vamos Gastón...
Y a lo lejos, en el cerro, Gastón estiró sus patitas, bostezó gigante y el sol como que se acordó de repente. Ese día el amanecer fue el más morado y naranja que nadie recordaba. Desde entonces, cada vez que ves un amanecer bonito en Tacna, es que un gato en algún cerro se acordó de hacerlo por ti.
