Hay días tristes en que el único destello de luz es un vago recuerdo de tus ojos posándose en los míos por primera vez, sorpresivos, extrañamente familiares, como antiguas almas compañeras alojadas en nuevos recipientes.
Hay días en que las nubes llueven, mis ojos llueven, las sonrisas llueven, los recuerdos llueven, y se mojan los desiertos, se humedecen las miradas, se encharcan las comisuras, se refresca la memoria.
Hay días en que el sol calienta deslumbrando en el umbral de las ventanas, sofocando a los transeúntes, incendiando playas y sus adoquines, ciudades y sus calles asfaltadas, quemando los pies de los descalzos para los que el verano no es sinónimo de buen bronceado.
Hay días santos en que me bautizo entre tus lágrimas y me refugio en tu mezquita, me santiguo con tus abrazos y me das los santos óleos con aceite de tus consejos.
Hay días patrios en los que quisiera proclamarte mi país, tatuar en tu pecho mi escudo, inventar un himno que enaltezca nuestras guerras y victorias arrancadas a la vida, proteger tú bandera y despeñarme en tus honores.
Hay días tristes, días de lluvia, días de sol, días santos, días patrios, hay días de todo y para todo, pero hay días que no deberían de existir, los días sin ti.
