Vi por la ventana y a la luz que entró me la comí enterita, sin masticarla,
y sin sentir nada en la garganta tragué,
como niño que acepta la cosa extraña y gelatinosa que le regala su madre.
Tragué y no hubo más luz,
solo el techo inexacto de la casa,
apagado, inmóvil y borroso.
Burlón,
asentí con la cabeza mientras quise despertarme,
pero seguí dormido,
ansioso por seguir rasguñándole la espalda a la cordura.
