Estas manos tienen días que no saben obedecer. Escriben o rescatan letras perdidas por todo el teclado, en las pequeñas barrancas entre cada tecla y haciendo tremenda alharaca, preparan el plan para volver a escribir que pienso en ti. Hoy, de la nada, indagaron el camino hasta un par de letras que pretendían ser tu nombre. Tuve que amordazarlas y ponerle fin a su deseo, pero mis labios, sonriendo, lo dijeron en voz bajita, y yo, sorprendido, entendí que este motín para quererte empieza a sobrepasar mis ideas y se ha esparcido como idea revolucionaria por mi cuerpo. Cuando tus labios iniciaron la revuelta que llevaría a mis ojos a enamorarse de ti, nunca me imaginé ser el primero en quererla ganar (y el primero en quererla perder), hasta hoy que sorprendí a mis ojos leyendo lo que quieren, a mis manos escribiendo lo que pienso, a mi boca ansiando lo que sueño, a mi brazo renegando por la falta de tu mano caminando juntos por las calles de camino a tu hogar.
jueves, julio 23
sábado, julio 18
Alebrijes en la cabeza
Todo empezó como siempre, mirando alrededor, nomás para asegurarme que iba despacio, y que el mundo se iba con la finta de que todo le daba vueltas yo; en la cabeza, los alebrijes de siempre dando vuelta y contando los mismos cuentos de siempre para dormir, para que la noche se convierta en estrella de mar y vuelva a rezarle fervorosa al segundo que cuelga de mi fe, con el hilillo mágico que mis ojos idearon para estar atento al tiempo, a la añoranza de ver al mar volver, en sueños ridículos, donde el mundo no está de cabeza y donde amaneces pensando en mí, con tus manos hechos nudos con mis manos, atados al cierzo que nos comemos en copitas de plástico, por calles empedradas, por la orillita donde mi cordura ansía que le presten la llave y escaparse, a donde pueda ser libre y ya no volverse loca pensando en mí, sin ti.
lunes, julio 13
Ay tristeza
No sé qué sea lo más curioso, toparnos de frente con ella o simplemente redescubrirla viviendo como siempre, en nosotros mismos, en cada mirada y en cada gesto, en cada paso y en cada instante al dar la vuelta en alguna esquina, en alguna calle empedrada, o en una de tantas subidas y bajadas de esta ciudad, pero casi siempre, sea curioso hallarla de nuevo o no, la tristeza se pone vestidos que le embellecen y al mismo tiempo, nos pone la carne de gallina y nos espanta hasta los huesos, nos aterra saberla de regreso o nada más despierta otra vez, ahí sentada con nosotros en el asiento del carro, en una oficina del trabajo, en la banca de la plaza o agarradita de la puerta del autobús atascado de las tristezas de los demás; casi siempre se asoma cuando uno la espera ansiosamente, cuando el teléfono anuncia el último instante de cierto tono que nos hace comprender que alguien sigue lejos, que alguien se ha ido o que alguien tiene aún que recorrer unos cuantos minutos para regalarte un abrazo, la tristeza mira casi siempre de lado y acaricia la mejilla de su portador, sabiéndose dueña de la situación y del exacto alcance de su roce, sonríe y sigue mirando a distancia clara y confusa como siempre, perfecto alimento para su existir. Por más óperas que nos reboten en la cabeza, por más tintineos de ganas de almorzar besos, ella sigue insistente y sale primero a la calle para ir siempre un paso adelante, rasguñando suspiros para sentirse viva, sentirse querida y odiada por los mismos que la hacen, por los mismos que la alimentan y por los mismos que la odian, y que como bien sabe, tarde o temprano le abandonarán en algún lugar o arrojarán a algún caldero hirviendo, con la firme pero poco ávida esperanza de que se muera para siempre, a sabiendas que tarde o temprano volverá en alguno de sus vestidos: distancia, melancolía, celos, sueños, ilusiones o risas tristes que a veces se vuelven llanto en el silencio, en la oscuridad de noches llenas de ella, de sí misma arropándose bajo las sábanas, acurrucándose hecha luna, al menos por un rato, hasta que los aleteos de la ausencia se queden sordos y dejen paso a las ventanas abiertas, que como cartas blancas vuelen por debajo del cielo para traer las nubes afiladas que matan a la vieja tristeza, que le arrancan de tajo sus ideales y en algún frasco viejo de mayonesa le dejan guardado el corazón, casi siempre sin etiqueta, irreconocible, depositado dentro de un jarrón, que ha visto mejores días en pasillos vibrantes, y que hoy tan solo se enrosca al final de un librero de madera sosteniéndole las letras a ciertos libros empolvados, muertos, olvidados, como ella.
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lunes, julio 6
De siempre (01:35 AM)
Es que le dan miedo los abrazos virtuales, y las frutas bailarinas que hacen muecas queriendo caer bien, eufóricas, irreales pero que igual se asoman a saludar. Y yo cansándome la espalda dibujando letras, imaginándonos en esas calles donde el sonido de tu risa le daba una luz especial a la noche, ahí quisiera perderme para siempre, con el brazo colgado de tu cintura y los ojos volviéndose locos de atar, de tanto mirar, remirar, rebuscar y revoltear hacia ti, y luego al cielo, y luego a las nubes, y luego a las calles y nuestras largas caminatas. Y es que del otro lado de la ventana, los dibujillos virtuales asustan a mi luz, y yo pensando en mirarla de reojo, y lo único que encuentro, por ahora, es su ventana abierta pero callada, frutas que envidio para morir igual, en unos minutos, en sus labios, un lápiz negro colgando del cielo con un cordón, unos lentes atentos para encontrarla en mis sueños y una caja azul sin sentido, llena de polvo y cachivaches olvidados por estas manos, dedicadas, al momento, a viajar al lugar de siempre, allá lejos, aquí cerca, sintiéndola, extrañándola, dibujándola a besos virtuales, para nunca olvidar.
¿Vamos a caminar?
Quiero jugar a ser sol…
(Fin de la Cuarenta,)
miércoles, julio 1
Vuelve pronto y se fue con las flores
Todavía me azotan esos nervios, todavía me dan ganas de gritar y lanzarme por la ventana al primer asomo del sol sobre mis ojos. La manía de despertarme buscando luna en la ventana, no hay, no ha habido, ni habrá, los aullidos son para las nubes que juegan a dibujarse un mundo debajo, donde alguien nos revuelve con el dedo y aturdidos, nos ponemos de pie y nos vamos a trabajar. Varios meses después me detuve en la puerta un momento a considerarme afortunado, lo hice, como siempre, en la puerta por la que imagino que has pasado muchas veces y que también tiene ya la mañana de preguntar por ti, la habitación a oscuras, un lápiz impreciso que ahoga sus bostezos mientras se bebe una cerveza, es mañana, lo que tanto me soñaba ayer, por fin, ha salido en el periódico que la venta de vidas en el mercado ha bajado considerablemente, suerte que no vendí la mía, y la tuve, aquí guardada, para ponerla (aunque ya no importe) a tus pies, mi querida Luna...
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miércoles, junio 24
Pequeña Rosmery
Mientras peleas por liberar el mundo de los sueños sin fe, la cafetera explota en hordas de sabor que planean escurrírsenos despacio por la boca, llenarnos de vida y sueño diurno para de noche, estar alertas a la lluvia de lunas que amenaza con mojarnos hoy. Mientras te empeñas en la cruzada inútil por curar de tristeza a las montañas, la bicicleta abandonada le cuenta el rincón los secretos más íntimos de la habitación, las deshoras sin poder dormir, las cervezas sin música, y las risas sin eco ni remordimiento de conciencia bajo aquel colchón de cielo. Mientras deliras por las ansias locas de llenar de tus pasos al mar, la playa se retira ingenua a la tarea prodigiosa de ser balas contra la locura que nos acecha queriendo adueñarse de nuestra humanidad. El trigo de las manos resbala y los campos se vacían de luz, se llenan de sol rojo, de la tarde que herida se marcha por el mismo camino y el trovador que de su mano alimentaba la saliva del viento, decide abandonar la guerra, tirar versos de los árboles y hacer una lista de todas sus formas de decir adiós, de cerrar los ojos y olvidar. Mientras batallas contra mil dragones uno se pregunta quien imagina a quien. Un hada de pelo negro y largo, vestido azul que contempla sus alas como quien quiere descifrar el poder de los sueños aferrados a su cintura, y nada, un cuento vacío, un cuento imaginado, muchas letras en espera de ojos que no les hallen sentido y se revuelquen de placer. Aunque allá debajo de mis manos, exploten los recuerdos y las pastillas tengan el mismo efecto que quisieron tener ayer cuando llegaron a pedir asilo. Pastillas. Ideas. Sueño. Llover. Calmar. Olvidar. Ser.
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viernes, junio 19
Escarabajo bajo luz gris
No me preguntes como es que suceden estas cosas. Pasan y ya. Aquel día
me prometí mirar al cielo y no dibujar con los dedos tu nombre, eso era cosa de
todos los días, enamorarse al primer vistazo en la plaza, la heladería o la
entrada al cine. Luego un café, inevitable si se quiere tener una buena
conversación y un pasatiempo para evitar silencios incómodos, nada más parecido
a una letanía de enamorado perdido en aquel callejón, tomando de la mano a mis miedos
para presentarlos de mejor manera a los tuyos, siempre sin dejar de mirar los
labios de la luna, todo en un arrebato se vuelve gris, cuando cae del cielo una
tonada de ayer, y dice que hay que andarse despacio de nuevo antes que el sol
nos convierta a todos en piedra gris, estatua vacilante, sin lugar, sin ganas
de salir a reconocer un beso, otro día más. Ando a caminar despacio, bajo una
torpe luz gris.
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domingo, junio 14
Escarabajo al sur
Se ha ido la fe. Le parecía
al escarabajo que miraba de lejos como el camión marchaba a un olvido donde no
se le incluía a él. El mundo es cada día más pequeño y resulta que ya nadie
habla conmigo, - pensaba – y en el espejo lo acosaba una imagen de si tirado en
la cama y muerto de desgano, con mil caminos afuera para devorar, para salirse
con la suya y pintarse de mil colores las patas. Se ha ido la luna. Le parecía
al escarabajo que caminó despacio rumbo al sur, siguiendo con la mirada una formación en V de patos salvajes que le hablaban de libertad. Algún día, - pensaba – algún
día la luna regresará mi fe.
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lunes, junio 8
Insisto (04:05 AM)
Es el viento, ese crujir de ramas, lo que me trae tu ausencia dibujada en la noche. Y vienes como antes, con tus lunares y sonriendo, a sabiendas que sería la última vez que estaríamos juntos. Te robas mis besos y tarareas una canción (con mi nombre intercalado en alguna estrofa), aunque los dos sabíamos que no era cierto, que no sería así, que no te ibas a quedar, y que aquella noche sería la caída de mil nubes que lloverían hasta el hoy de mis tormentas. Todavía imagino como serian tus labios en mí, eternos, todavía despierto con la sensación de que todo es un sueño, la terrible presión sobre la cama, las colchas tiradas y tu cuerpo trazado perfecto sobre este lienzo que me inventé un día para no volverme loco y morir. El mejor sueño es ese, soñarte, aunque te haya tenido que inventar. La mejor noche es esa, tenerte, aunque te haya tenido que imaginar. Es el viento, ese quejido del cielo, lo que me trae tu ausencia dibujada en la noche; y por momentos, es la luna, cayéndose a pedazos, las gotas de sol de ayer que se me escurren por la cara, y le lloro, a tu ausencia terca, que viene a visitarme a esta hora, como siempre, otra vez.
pronto empecé a tener frío y tú no venías a curármelo, así que tuve que pedirte sin decírtelo
que me volvieras a dejar en tierra y siguieras con tu vuelvo
que me volvieras a dejar en tierra y siguieras con tu vuelvo
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miércoles, junio 3
La distancia
La distancia es aquella daga que se encaja en el alma cuando es de noche. A veces simula ser una lámpara fluorescente que se tiñe de rojo y se enoja con la pared, de tanto mirarla. La distancia es aquella nube que llueve poco, y lo hace cuando uno no quiere nadar. Es un relámpago en un diván consultando al meteorólogo para subsistir, y de tanto en tanto, alumbrar la ciudad con su cruel mal vestir. La distancia es el filo que no corta, pero hiere los ojos cuando uno asoma por el ojo virtual en la ventana, tan solo para verse morir igual que todos los días cuando ya no se atina construir galletas que soporten la gravedad y no mueran de tristeza en algún plato de cristal. La distancia son las últimas lágrimas que se mueren en la almohada. La distancia es la almohada, que se muere sin lágrimas donde alguna vez soñó.
me he hecho el firme propósito de tomar distancia, anteponer un montón de razones para irme ya alejando y decir adiós sin palabras,
que siempre es el adiós más difícil, el más artero.
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